miércoles, 18 de octubre de 2017

OTRA VEZ EL MAR



OTRA VEZ EL MAR


Cada vez que vuelvo al mar
la vida me renace.

En su orilla,
con su minué de espumas,
se olvidan los calendarios
y sobran las recetas.

Cuando me adentro en sus aguas,
buscando las caricias de sus olas,
recobro el compás
y se visten de domingo todos los arpegios.

Miro el lomo terso del horizonte
y se hacen posibles todos los poemas
mientras como trallazos de luz,
saltan los peces en busca de metáforas.

Yo,
que vivo entre dos aguas,
le doy gracias al mar,
por seguirme recitando su alegre salmodia.

Por tatuarme en la piel sus talismanes.
Por escribirme en el encerado de su arena,
que todas las pisadas van hacia la aurora.

Y por traerme con la brisa
recados de sortilegios
y rumores de esperanza.




miércoles, 11 de octubre de 2017

LECTURAS DEL VERANO


El tiempo del verano se va alejando lentamente escondiéndose entre los pliegues de las tardes que se hacen más cortas y soportables.

Cuando cojo la novela que ahora leo, (El color del silencio, de Elia Calderón), recuerdo la promesa que le hice al buen amigo Emilio Manuel, de recordarle los libros leídos durante las vacaciones. A ello voy.

Comenzaré, por una que he leído, gracias a esa lista de lecturas que el propio Emilio Manuel edita en su blog:

“Vestido de novia”, de Pierre Lamaitre, una novela negra, un thriller psicológico, que te engancha desde el primer capítulo, (hablo por mí), que se convierte en una tremenda pesadilla y un ritmo trepidante. Con unos cambios de enfoque, deliberadamente propuestos por el autor, que lejos de decepcionar te invitan a seguir inmerso en la historia.

Me gustó lo suficiente, tanto, que quise repetir con el mismo autor y me decidí por:

“Recursos inhumanos”, un “thriller” diferente que podría ocurrirle a cualquiera que pierde su puesto de trabajo y tiene que seguir viviendo.

Novela para tiempos de crisis y de contratos basura, con una trama bien urdida, aunque a veces disparatadas, que te engancha de la solapa desde la primera de sus 420 páginas.

“La neblina del ayer” del cubano Leonardo Padura, una versión amarga y agridulce de una sociedad que creyó que una revolución lo cambiaría todo y donde se dibujan unos personajes variopintos que tratan de mal vivir y donde los libros tienen una vital importancia. El autor toma el titulo de un verso del bolero de Virgilio-Homero Expósito, “Vete de mí”, magistralmente cantado por Olga Guillot y Bola de Nieve



“El salvaje”, del mejicano Guillermo Arriaga, mucha crudeza y violencia narrativa, que por el contrario se diluye y se hace fatigosa, en un batiburrillo de historias mezcladas. Debo confesar que me costó terminarla.

“Todo esto te daré”, de la reconocida autora Dolores Redondo, ganadora del último Premio Planeta.

Soy un poco reacio a entrar en el envite comercial de los premios que buscan bet-seller y si a eso le sumamos que fui incapaz de leer el tercer libro de su famosa trilogía, no esperaba  mucho de su lectura, pero debo confesar que en esta ocasión, no me ha decepcionado.

“La Regata” de Manuel Vicent. Con su prosa mediterránea y barroca, nos cuenta una historia coral, donde el “postureo” de unos personajes muy del momento, nos muestran su indignidad
en medio de la belleza de un mar resplandeciente, pero abandonado. Sus 240 páginas se dejan leer, sobre todo si estas al lado de ese bello mar.

  Y por las noches, cuando la oscuridad se hace irrespirable, y la terraza te llama, he aprovechado para disfrutar del libro  de sonetos de nuestro vecino de aquí al lado, Jesús Andrés Pico, “De decires y alondras”.

 Jesús, se abre en canal y nos muestra, a golpe de corazón  y encerrados en 14 versos, toda una experiencia vital. El amor, la niñez, Castilla y su propio devenir humano.

Es alentador comprobar, como el soneto, a veces denostado, florece, con todo su esplendor, en el bello libro de este buen amigo y poeta.

El autor ha tenido, además, la gentileza de incluir un soneto que me dedicó, al recibir mi poemario “Por un hombre en paz”.

Gracias amigo, tus sonetos me han enseñado que las noches con el mar y la poesía, solo son precursoras de brillantes amaneceres y días mejores.

miércoles, 4 de octubre de 2017

DOS SILLAS EN PRIMERA LÍNEA DE PLAYA



Lo bueno de haber cumplido los 80 es que ya no necesitas despertadores.

Los veo pasar todas las mañanas, con sus pasos cansados de tantas laboriosas madrugadas, cuando todavía el sol le saca los colores a tenues nubecillas que arreboladas, tratan de esconderse tras el horizonte.

La pareja que cada día se dirige al mar, cuando aún en la playa los tractores nivelan las arenas, serán de mi quinta.

El marido trasporta las sillas y la mujer un cesto de enea con las toallas.

Se colocan cerca del lugar donde se confunden la espuma y la arena y como cada mañana, comulgan con el mar y todos sus secretos.

Cuando sus ojos empiezan a llenarse de estrellas por el parpadeo de las primeras irisaciones del sol sobre las aguas, cogidos de la mano, entran en el agua, para recibir juntos el agradable bautismo que les regala la naturaleza.

A la playa empiezan a nacerles sombrillas, como flores multicolores, los niños preparan los enseres para su fútil arquitectura y en las últimas líneas se montan bien juntitas, las esterillas de los enamorados.

Cuando esto ocurre ellos cogen sus bártulos y con paso pausado, pero felices, abandonan la playa.


Esta mañana, el sol ha perdido la batalla antes las tercas nubes y un aire húmedo, ha prevenido a las gaviotas que han desistido de sus majestuosos vuelos.

Ello no ha sido inconveniente para que la pareja de mi historia, como cada día, con esa puntualidad de los que ya lo tienen todo hecho, haya ocupado su sitio en primera línea de playa.

Han seguido el ritual de cada mañana, aunque esta vez, con una pequeña variante.

A la hora en la que empiezan a llegar los veraneantes a la imperiosa llamada del mar, a la hora a la que ellos suelen abandonar la playa, ha empezado a llover.

Desde mi terraza, he visto como, mientras los demás huían en estampida de la playa para guarecerse de la lluvia, ellos volvían a montar sus sillas, se cogían de la mano y envueltos en gotas de lluvia, volvían a buscar las caricias de las olas.

Y así, mecidos por la brisa y bendecidos por el agua total, se han abrazado mirando al horizonte.

Los he visto pasar, camino de su casa, con su paso lento, pero con cara de felicidad.


Esa cara de felicidad que solo se alcanza, cuando se está dispuesto a comulgar con la madre naturaleza, o cuando la locura del amor verdadero, se olvida del tiempo y los calendarios.